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Sobre la emulación en el arte
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No voy a centrar este ensayo en el tema de la imitación artística como discusión filosófica o estética, abordaré más bien lo que sucede cuando algún elemento de la obra o la totalidad de ésta se usan para replantear forma y contenido. Hablaré brevemente de como cuando eso sucede y el artista logra con éxito su cometido, la sintaxis que sirve de modelo es una veta de exploración para nuevas significaciones que traspasan consideraciones formales y se ofrecen al cotilleo de nuevos interpretantes. Entonces todo se va ramificando y los nuevos frutos, expuestos a la crítica y el análisis, son cosechados por las generaciones presentes para iniciar de nuevo el mismo ciclo representacional. Lo que planteo se puede considerar también como un aspecto en el análisis del sistema influencia-autor-público. En ocasiones una sola obra o un solo estilo son lo que se presta a la imitación y no los caracteres esenciales de un autor en su imaginario total; los artistas, habiendo entendido esto, arman a su manera un puzzle y nos lo presentan desarmado. En una escena del filme Ginger & Fred de Fellini, los personajes principales, Pippo y Amelia, dialogan en asientos de autobús sobre los embates de la vejez. Pippo (Mastroianni) dice que los objetos se despiden de él y con adioses anticipan la muerte, Amelia le escucha, le responde, y asiente con una sonrisa calma (Guilietta Masina). Es el gesto que aflora de nuevo en el guión fellinesco y vuelve a llenar la atmósfera fílmica de un implosivo barroquismo circense. Quizá ese gesto era necesario para situar al film en la predilección de un público nuevo y los ochentas serían así una apropiación para el director cuya característica primordial fue siempre ese absurdo lúdico predominante en tal década. Desde sus inicios Fellini ya era ochentero como Ginger Rogers y Fred Astaire lo son en pies de Pippo y Amelia (sus imitadores en el filme). Sólo a ellos se les cree en verdad que su trabajo es serio, otros personajes de la película imitan a Kafka, Proust y demás íconos culturales sin ser más que refritos cutre, pero Mastroianni y Masina bailan cada uno por tres que bailan para miles. La emulación, más que la imitación, lleva luego al espectador a seguir los pasos y atorarse junto a ellos en ese apagón de luz que, a media transmisión televisiva, les obliga a parar y cuestionar su escape, no quieren hacer el ridículo, las lámparas del set han dicho adiós y ellos quieren seguirlas, pero vuelve la luz, el baile continúa y la caja china de representaciones empieza a desdoblarse hacia el éxito del engaño. Fellini nos muestra así no sólo la ilusión de un rompecabezas armado, sino también la capacidad que su estilo tiene para encajar con piezas ajenas a su época y contexto. Ginger y Fred revisitados dentro del filme son Pippo y Amelia revisitando a los actores fetiche del director bajo la misma batuta, todos ahí, respondiendo a los objetos que se despiden y saludando a los que llegan. Aquí un ejemplo de cómo el encuentro entre obra ajena y apropiación es más directo: En el filme Riding the Rails, éste de carácter documental, Jhonny Cash, el Hombre de Negro, guía a su público por cierta cantidad de dramatizaciones montadas bajo la tutela del director Nicholas Webster con el propósito de narrar la historia del tren en Norteamérica. Tomando en cuenta que esta es una época de sobre valoración de lo retro y lo vintage, guardo el material (cambiado a un coleccionista por una película de baja calidad cuyo nombre no recuerdo) con una especie de apego naive. Es Cash sonando el silbato en el asiento del maquinista, pero también puede ser ese viejo serio que canta Hurt de Nine Inch Nails sentado junto a su esposa en la comodidad de un lúgubre comedor. Cash joven haciendo cosas que hoy sólo un viejo disfrutaría de ver, Cash viejo cantando algo que es suyo y a la vez de muchos jóvenes de fin de siglo, ambos yendo por las mismas rieles a la autoflagelación conforme. Me parece que es por ello que ambas piezas, la de Trent Reznor y la de Jhonny Cash, pueden escucharse de sus autores y asumirse originales de cada uno. Claro, el hecho de que El Hombre de Negro haya grabado una canción de un grupo de shock rock siendo un aclamado compositor de country no se debe a un mero exotismo; al presentarse a sí mismo en casa, con su esposa y sus recuerdos, un piano, una guitarra, una fastuosa cena en vajilla victoriana y su seriedad de eterno maquinista, Cash buscaba comunicarse con otra generación de escuchas que, desde inicios de los noventas, le comenzaron a rendir tributo en vida gracias a su reciente afiliación al sello American Recordings, con el que produjera un álbum del mismo título y aclamado a nivel internacional.
¿Será que lo que impulsa a la imitación de una obra es una nostalgia ajena que es sentida a fuerza de resentir los actos propios? Yo pienso que sí, y pienso que tal resentir es un revestimiento con materiales ajenos pero, en ocasiones contadas, adecuados a la forma. Es sin duda un acto que implica deseo, riesgo, y aunque en muchos casos la comunicación se ve truncada, no así el éxito del aparato comunicativo, puesto que si no se produce una imitación, es sabido que el producto puede resultar en un trabajo original que dé prestigio a su autor o en ocasiones le provea de un éxito efímero y absurdo, tal es el caso de los one hit wonders en el medio musical. Hablar de lo efímero me trae ahora una metafora sencilla de la acción: Lo que no es mío está ahí olvidado o alguien lo descuida y me lo llevo, luego veré qué hacer con ello, el resultado es lo de menos, importa más el interés por apropiármelo y si me viene, llevarlo a la calle. Pero el tema de las modas, aunque está estrechamente ligado al que aquí trato, lo dejo afuera para no extenderme en confusiones.
Ragel Santana
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