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  la cosecha
performance de stefanía rivadeneyra



Sin incidentes



     Este miércoles, una molestia constante en el lóbulo superior del ojo derecho de Martha, se hizo menos soportable, lo que nos obligó a dejar el Jueves Tulum, para consultar a un otorrinolaringólogo, en Mérida. Para valorar la situación el especialista nos pidió una ultrasonomagnetonosequé; solo alcanzamos que el estudio estuviera listo el sábado en la mañana.

     Entre algunas de las invitaciones que recibimos a eventos culturales y que por angas o mangas no habíamos podido asistir. Había visto una que precisamente se realizaba una en la ciudad de Mérida y oh sorpresa; coincidimos por fin hasta con la inauguración de un perfomance  “La Cosecha”  de Stefania Rivadeneyra.

     Cuando pasamos por el sitio “La Periferia” donde se iba a realizar, concluimos que estaba cerrado por la pandemia de la influenza porcina. ¡… Caray, tanto venir a Mérida y nunca coincidir…¡, por no dejar, chequé en la invitación electrónica el teléfono, y me verificaron que si, que iba a empezar a las 20:30 ya que no había casi asistencia.


     Así que pudimos terminar sin prisas la cena y llegar con tiempo al performance…


     No había escenario alguno, en un panel casi vacío, una copia fotostática anunciaba en solitario un evento del pasado. Más adentro, en lo que parecía un solar el bullicio de unos grupos dispersos de personas charlaban mientras bebían y comían un ambigú.


     No esperábamos conocer a nadie, así que encontramos una esquina en la que hubiera personas similares. Quedamos muy cerca de la mesa. Dos músicos hicieron rápido charla con Martha mi esposa y mi hija Sofía.


     La mayoría de los asistentes eran muy jóvenes, pero la eficiencia de los anfitriones era sorprendente. De la puerta metálica con ventanas de cristal, situada tras la mesa del ambigú, salía una señorita con sendas viandas de canapés, con tal prolijidad, que apenas los comensales terminaban una, cuando ya estaba saliendo la siguiente, de igual manera las botellas de vino tinto “Mar Jade” que salían a llenar las copas vacías. Lamentamos haber cenado pesado y mi poca tolerancia al vino.


     Como las copas de vino y las viandas se rellenaban con tal rapidez, escuché a Martha  y a sus nuevos conocidos jurar que ahí tenían secuestrado a Cristo.

Pero… nada, nada daba comienzo y una inquietud empezó a circular; como en estos tiempos, los tiempos no son los mismos, pues nadie se atrevía a preguntar a qué hora iniciaba el performance.

     Un chico muy moreno y fornido se acercó a la mesa sirviéndose una y otra vez, no embonaba en el ambiente, pero como nada pasaba, di por hecho que era parte del evento, ya que por fin, empezó a pasar algo.


     A medida que sus copas de “Mar Jade” se rellenaban, su timidez se volatilizó, y sin más tema de conversación que compartir su grito de estar pasándolo a gusto. Fue lo que lo delató y vimos como lo enfilaron pacíficamente hacia la puerta.


     Tuve suerte en que unos contemporáneos se me avecinaron y no tardamos en hacer plática. En breve resultamos ser conocidos y tener amigos comunes, todos ellos fotógrafos que habían participado de alguna manera en un movimiento que dio cierto auge cultural a Villahermosa, Tabasco. Compartimos experiencias, anécdotas, generales, etc…


     De repente entre la concurrencia una voz de hombre ganó volumen para llamar la atención y decir… ¡-“No marches.. si tu eres (no recuerdo el nombre) … Te mamo la verga”- , -“sShhh”, y algunas otras expresiones le llamaron la atención.  Se analizó que algunas expresiones fuertes han ganado el uso común, e incluso algunas consideradas de muy bajo nivel se han incrustado hondo en el arraigo y son hasta “expresiones culturales”, pero a todos nos sonó más que una expresión real, una necesidad de llamar la atención.


     Pero a este nivel, la incógnita era ya evidente en los rostros. -¿De que se trata?- ya ganada cierta confianza se empezaron a preguntar unos a otros. Me acerqué a la señorita de los canapés… y le  pregunté por la artista… Me contestó… -No vino- ¿ Como que no vino… Y a que hora inicia el performance..?- le cuestioné… -Este es el performance-  

 
     A ver..¡ … me le atravesé de nuevo… -¿ Este es el performance..?-  Así es, me dijo mientras me señalaba una cámara de video escondida en la azotea, que grababa todo lo que hacíamos… La señorita me recalcó   -La obra de la artista consiste precisamente en eso;  En este caso ella es la que no viene y muestra que la gente que viene a las exposiciones, no viene realmente a ver las exposiciones, sino que solo vienen el primer día en que hay vino y ambigú, y ya después no viene nadie.- Me afirmó.


     Uno de mis interlocutores al escuchar el concepto, la increpó..- Publicarme sin mi permiso, no es correcto dijo-…


     En los límites de la jocosidad, le comenté a Martha que, ya había supuesto el acto.


     Así que a la artista ausente y a sus espectadores les hacemos saber que yo soy el del sombrero de Cowboy que está acompañado de su esposa y su hija de 12 años.


     Podríamos decir que casi vivimos de vacaciones en la playa, pero que allí no tenemos tele, así que apenas salimos, lo que más hacemos es quedarnos pasmados viendo esta pantalla de idioteces. Donde lo más divertido es la guerra campal que significa quedarse con el control remoto.

Así que al regresar ya en la noche al hotel hicimos provisiones de Papas fritas, de chile de la valentina y llegando al cuarto… Con un salto de tigre o mortal nos arrebatamos el control, hasta que la democracia que impone Sofía sobre sus padres los obliga a presenciar las más absurdas programaciones para adolecentes, que adolecen hasta de adolescencia.

     A las once de la mañana en el sopor de no tener absolutamente nada que hacer, busqué en la red que hacer para escalar, para hacer rapel, etc, a lo que, cada vez más, nos hemos aficionado…

    
     Encontré a un guía de quien aseguran que conoce más de 200 cavernas en las periferias de Mérida, le envié un email, que en media hora nadie contestó

Como en la red dan una breve descripción de sus actividades, con un poco de suerte, deducción y una hora de manejo es que pudimos encontrar a Mario Novelo. Tengo que decir que el reto más grande, fue dejar la modorra.

    
Llegamos a la población de Mario Novelo,  que no era para nada la pequeña población que supusimos, preguntamos a varios transeúntes que por parecer gérmenes de la influenza no nos contestaron, hasta que encontramos a uno que si se detuvo, Disculpe le dije…- Sabe de algunos cenotes o cuevas que se puedan escalar por aquí-..? - Yo no -me contestó, detuvo a un taxi que pasaba al que le gritó, … -oye “Salmuera”, llévalos con “El Topo”-.
Seguimos con mi legendaria y oxidada Van al taxi por las estrechas calles a las que le mataron todo lo colonial a base de puro concreto…  En una cerca metálica se detuvo para gritar… -“Está el Topo..?” , “Aquí le buscan”.

    
Mientras Martha y Sofi corrieron al primer tendajón para surtirse de tentempiés, yo entré a la casa de “El Topo”. Detrás de una mesa de concreto una señora sin asomarse comandaba la charla supuse que era su madre.

    
Con un español cargado de maya me narró sus aventuras, como conoció las cuevas, como se aventuró con dos ganchos de hamaca se las fue ingeniándoselas para poder llegar al fondo de las cuevas y una vez dentro… Y ahora como subo..?

    
Después de haber logrado unos artefactos que le resultaron muy eficientes y prácticos con cuerdas para lazar vacas se sintió seguro para llevar con seguridad a algunos turistas. Cosa que hizo sin contratiempo alguno para sus visitantes, pero a él y a su ayudante les costó sudor y  casi sangre.
Hizo unas llamadas hasta que apareció y nos presentó a su asistente: Gregory quien en un carro medio destartalado al frente nos iba guiando.
Mario nos narraba sus experiencias y le celebramos sus ocurrencias, mientras en la camioneta llegamos hasta la cerca de un potrero. A pie caminamos bajo un bellísimo sol un kilometro cuesta arriba entre frondosos naranjos, luego,  allí junto a unos arbustos, donde no había nada, nos señaló el piso.

    
La nada… Una boca negra de unos cuatro por dos metros rodeada de arbustos era la entrada al inframundo.

     P
ara evitar nos alcanzara la noche, guardó silencio y se dedicó a preparar equipos y amarres.
Una vez colocados, asegurados y probados por él mismo, pidió a su asistente que nos esperara abajo. Con paciencia extrema nos explicó el uso y aplicación de cada avío. Primero entre replicas y miedo bajó Sofía, después Martha no con menos muestras de pánico, una vez cruzaron la oquedad… Silencio…  al final bajé yo.

    
Antes de ingresar le pregunté si nos iba a seguir, nos dijo, que solo bajaba al al final o en caso de cualquier imprevisto.
Me acomodé para quedar con algunos movimientos suspendido en medio de la obscuridad hasta que los ojos se ajustaron a la penumbra.  Entendí porqué se habían quedado mudas durante su descenso Sofi y Martha.

    
Es incoherente el tratar de describir la sensación de estar suspendido contemplando tan solo un grano del infinito misterio que es la Tierra. Iba a escribir “nuestro planeta”, pero desde allí , a esa impresionante altura, decir “nuestro” suena …  verdaderamente pretencioso…

    
Abajo me observaban bajar, el asistente de Mario, Sofi y Martha. Como nos costó mucho ponérnoslos, quisimos caminar con los avíos puestos, una mirada de Gregory me reveló que sería una imprudencia, así que los dejamos para quedar libres para una caminata subterránea.

    
El hueco era una convergencia de ramificaciones de cuevas, la que en este caso íbamos a recorrer medía un kilómetro.  Nos repartió dos lámparas de led´s a cada uno y nos instó a seguir lo que parecían un camino creado por pasos entre las piedras y estalagmitas. Pronto quedó atrás la luz del hueco y solo podíamos ver con lo que estas lámparas nos iluminaban, trepamos, reptamos, nos arrastramos y hasta caminamos.

    
La diversidad de formaciones por la erosión, los milenios, las lluvias, las glaciaciones, conjeturas científicas, los nombres, y algunas anécdotas se perdieron por la respiración ya un tanto fatigada cuando apenas llevábamos trescientos metros, como nadie daba vistas de decir “ya regresemos” encontré pertinente decir “que la noche se acercaba y había que regresar y todavía nos faltaba la subida”, lo cual para nada fue una exageración.

    
Hice algunas fotos durante la caminata de regreso al hueco de nuestro descenso, Una vez de nuevo Allí, Gregory nos señaló otro camino al que nos invitó a seguir; yo la verdad ya quería salir puesto que vi algunas gotas de lluvia caer hasta el fondo y no sé como reaccionen las cuerdas mojadas.

    
Sofi se había metido entre unas piedras para orinar y no me di cuenta en que momento Martha ya estaba al frente detrás de Gregory, así que los seguí hasta una cueva muy baja que parecía ser sostenida por unos blocks que conforman una pared de piedra de evidente construcción humana.

    
Nos señaló una abertura con forma de puerta, mientras nos decía que fue construido durante la guerra de castas, a ciencia cierta no sabía si por los mayas o si por los mestizos. Si para ese momento mi espeleo-interés ya había menguado no quiero decir como andaba mi arqueolo-antropolo-interés. Así que la llegada de Sofi con lenguaje no verbal y muy verbal corté de tajo la explicación para trata de iniciar el ascenso totalmente vertical, lo más pronto posible.

    
Mientras nos re-equipamos escuchamos la voz de Mario que le pedía a Gregory que le tensara la cuerda. Volteamos hacia arriba y vimos como Mario bajaba a mucha velocidad que Gregory redujo al tensarla. Cuando llegó al fondo nos explicó que como nuestra cuerda era muy nueva, una especie de grasa no le permitía parar.

    
Cuando iniciamos el ascenso ya no llovía y el brillo del hueco anunciaba todavía sol; Primero Gregory subió y yo le secundé en otra cuerda ascenso casi paralelo, usar y sentir todos tus músculos por agotador que sea, es un regalo para el cuerpo. Mientras subía los términos extasiado y extenuado se mezclaron hasta confundirse.

    
Vi a Sofi que sin ningún esfuerzo salió y después a Martha.

    
Solo entonces observé con detenimiento el porqué y para qué de todos los arreglos de seguridad que Mario por vivencia, por experiencia y por capacitación, tenía preparados.

    
Una vez arriba, me fue explicando sin ningún celo, uno a uno, así como también otros posibles usos, mezclados con chanzas y anécdotas…
Fueron muchas las que nos relató Mario, pero la que Martha me encargó que transcribiera, fue la del toro. Narrar cómo se hizo de equipo, cómo invitó a las televisoras para transmitir estas bellezas, cómo los mismos visitantes por llevarse recuerdos han hecho mutilaciones, cómo los mismos visitantes lo convirtieron en guía y de cómo lo trataron de boicotear su viaje para prepararse como rescatista. Yo sugiero que mientras él pueda… se los narre él mismo, ya que por mucho que lo intente, no es posible replicar sus expresiones, sus colores, la poca contaminación del progreso a la que ha sido expuesto.

El Toro:

-“Mario”-… le gritó un vecino…  -“échame una  mano, se me hace que se me fue un ganado por un hoyo”- “Ahora no puedo, voy al rescate de un gringo, cuando regrese lo veo”- le contestó, ese rescate que es toda una epopeya, por tiempo y espacio la omito, y otras cosas que pasaron le hicieron regresar después de quince días, se volvió a encontrar al vecino que le volvió a pedir que fuera a ver. Le contestó que a esa altura el animal ya estaría podrido. Pero a insistencia del amigo finalmente fue con su asistente.

    
Envió primero a su asistente a que fuese a ver como estaba. Mario siempre lo hace así, primero baja a otro, porque si hay cualquier bronca, quien otro lo va a ir a socorrer, si no es él mismo.

    
Era un descenso en dos pasos (ó en dos niveles , no me acuerdo),  La cosa es que no era una bajada directa.  El asistente le informó que encontró al Toro todavía vivo. Mario le dijo que llegara hasta al fondo para liberar las cuerdas, para que él pudiera bajar también y hacer el trabajo entre ambos, él  asistente le dijo que no podía llegar más abajo porque el animal estaba encabritado y lo quería a cornear.

    
Así que falto de cuerda tuvo que bajar los dos niveles, donde vio al toro queriendo alcanzar a su asistente, allí abajo en un espacio muy reducido pudo lazarlo de los cuernos, y con no sé cuantos pasos, lo tendió al fin en el piso hasta que lo dejó acostado y quieto.

    
Inició Mario con el animal el ascenso, ya casi en siguiente nivel, le gritó al dueño que el toro había empezado a temblar que estaba como en convulsiones;  para bajarle la presión sanguínea haciéndole fluir un poco de sangre,  el dueño le gritó “cortale la oreja”, Y Mario sacó su cuchillo y que lo corta la oreja…

    
A esa altura del ascenso el dueño alcanzó a ver cómo Mario como torero le cercenaba a su querido Toro la oreja. - “NO”- le gritó  -“solo había que sacarle un poco de sangre de la oreja”-.

    
A pesar del tajo, el Toro dejó de convulsionarse y cuando al fin salió, cómo el animal corrió por todos lados, tuve que ir a lazarlo para curarlo.

    
El dueño feliz de recuperar a su caro semental le bromeaba a Mario-“Ya tenemos chupacabras, y ahora tu eres el Mochaorejas”-

    
Dejamos a Mario en su pueblo ya anocheciendo y regresamos a Mérida ya que la consulta de Martha era en la mañana.

    
Camino a consulta del sábado, observamos no sin cierta sorna, como el ocultar el colapso del sistema gobierno/empresa con una epidemia, era igual a esa pobre gente queriéndose proteger de un virus…  con un tapabocas.

    
Salimos a esa carretera Mérida-Valladolid el domingo a las 12:00 horas, en plena pandemia por influenza más desierta que nunca, cuando mi legendaria, oxidada y amada Van empezó a jalonearse. Que se quede uno a medias no hay problema, pero con mi esposa e hija en esta carretera desierta, en éste México de hoy, es…  otra historia.  Como regresar era más largo, solo nos quedaba continuar.

    
Al principio solo aceleraba en bajadas, sin alcanzar los 110 Kms/hora, por lo que tenía que aprovecharlas para recobrar el impulso, en las subidas y donde apenas le apretaba el acelerador empezaba a sacudirse, así que ni respires. Recordé que no sé en qué gasolinera acepte que un despachador me pusiera el limpiador de inyectores que te ofrecen; lo único que logré fue remover la basura del tanque de la gasolina tapando el filtro o fregara la bomba de la gasolina. Y así empezó a solo dar los 100, y;  cuando no daba más allá de los 80, percibí los indicadores de cobro de la caseta…

    
Dije en voz alta para escucharme bien… al llegar a esos letreros voy a apretar el acelerador, una de dos; o se termina de tapar o se los traga y con ello se libera; logré solo lo primero.

    
Logramos alcanzar estacionamiento de los baños de la caseta de cobro. Regresé a la caseta a preguntarle a los tapabocados la camioneta de Auxilio Vial que estaba allí estacionada, me señalaron una ventana de un cuarto sin puerta donde una hamaca se mecía apaciblemente. Para espantar la modorra el operador se talló la cara y se arregló el pelo.

    
Le señalé la camioneta contándole la situación, se subió en su camioneta comentándome que unos minutos regresaba con el mecánico. Mientras Martha hablaba comparando la cobertura del seguro, ya que cubría hasta cierta suma el servicio de grúa. Notamos que el mecánico con el que regresó el operador no contaba con refacciones y  como pude comprobar cuando regresamos al mecánico a su domicilio, ni con la herramienta por lo que optamos por la grúa.
El excedente a pagar a Tulum era prohibitivo, así que llamamos a la grúa pidiendo  que el servicio fuera solo hasta Valladolid, nos contestaron que llegarían en un poco más de una hora.

    
Con la vena de escaladores encendida vimos con antojo las empinadas cunetas de la caseta, llegó la grúa, precisamente conquistábamos sus alturas. Corrimos cuesta abajo la loma hiciendole señas para que no se fuera.

    
Trepó el chofer la Van a su grúa y Sofi decidió subirse para ser su conductora hasta Valladolid, el chofer nos compartió hora y media de Rigo Tovar y su Costa Azul durante el trayecto, trancurrieron “el sirenito”, “matamoros”, “palabritas”,  hasta que la dejó estacionada en el Taller Mecánico de “Don Conde” que no trabaja domingos.

    
En el Mesón Marqués ya nos habíamos quedado anteriormente, pero un rustico monosilábico ser humano nos “atendió” de tal forma que casi nos obliga a buscar otro hotel, Sofi nadando  a su antojo encontró asido a la pared de la alberca un escorpión que escapaba de morir ahogado. Una pareja de Neozelandeses lo rescataron habiendo vaciando el vaso de su cuba, no lo tiraron, solo apuraron el vaso.

    
Martha y Sofi se fueron al ADO a las 10 am pero el autobús salía hasta la una, encontraron un taxi que las llevó por 100 pesos por cabeza con otros dos viajeros, como me hablaron al llegar a casa, ese evento lo respiro tranquilo.

    
La tarde la ocupé en ir a comprar unos calcetines y un cinturón de baqueta al único mercado popular que sobrevive.

    
Digo “sobrevive” porque lo más apreciado de Valladolid era su parque principal, Digo “era” porque por orden del presidente municipal en beneficio de constructores; 
La abundante fronda de los árboles fue cercenada, dejando caer el candente sol sobre más concreto, las otrora calles empedradas fueron insólitamente cubiertas de más sofocante concreto, A las mujeres indígenas que vestían al parque del colorido típico de Valladolid, las confinó prácticamente a un separo. Escuché esto de taxistas, de meseros, del gruero

    
Se podría mencionar, si antes de tomar semejante decisión, si no pensaron en; …que es lo que atrae principalmente a los extranjeros a Valladolid..?  Pero ver vehículos tan ostentosos, tan descontextualizados estacionados en el palacio municipal, pone evidencia a quienes llevan directo al precipicio a esta ex-bella Valladolid.

    
Decisiones iguales a las que se están tomando en todos los rincones de México.  Y … del mundo…?

    
Bueno, Ahora son las 2:30 am y debo dormir para estar listo mañana a las ocho que abran el taller y continuar otro día sin incidentes.

                                                                                                           Juan





 

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